La familia Ashford sometía a su hija, Stella, a una “educación de élite”: en esa casa, todo se pagaba. Un jugo costaba 50 centavos. Una ducha, un dólar. El día de su cumpleaños, Stella reunió un dólar vendiendo botellas para comprarse un pastel, pero su madre se negó. Entonces vio que su padre acababa de darle 10.000 dólares a Eileen, su hija adoptiva. Esa lista de precios solo aplicaba a ella, su hija biológica. Con diez años, Stella salió sola de casa y se subió al auto de un traficante de personas. Creía que iba a un “paraíso donde comer y dormir no cuestan nada”. En realidad, iba directo a una clínica clandestina.